
Por Edmundo Fuster
La corrupción no empieza cuando alguien roba millones. Empieza cuando una
sociedad acepta que robar puede ser útil.
“Roban, pero hacen” no es una justificación. Es la confesión de una derrota moral.
“…La corrupción buena es la vinculada a la obra pública, que comúnmente se conoce
como “roban, pero hacen”, ya que estimula que hagamos obra pública continuamente
por lo que es “de las corrupciones más transformadoras…”.
Palabras más, palabras menos, independientemente de quién sea el autor de este
pensamiento y qué ideología profese, resulta incalificable y muy peligroso.
Pero habría que ser muy inocente para suponer que únicamente en las obras públicas
existe corrupción; en las privadas también, y en casi cualquier lugar donde se efectúen
compras, adquisiciones o contrataciones, bajo la figura legal que en cada caso
corresponda.
Este accionar no tiene limitación etaria, de género ni de profesión: es inherente al ser
humano y en Argentina estas labores no las hacen, al menos por ahora, los robots.
Por eso, pensar que este gobierno es el único causante de que mucha gente diga que
«antes estábamos mejor» es darle un mérito excesivo.
Somos nosotros quienes no alcanzamos a comprender que ese “mejor” era a costa del
futuro, que es nuestro presente; sin olvidar que el actual Gobierno hace los mayores
esfuerzos – y con buenos resultados – para que se considere al pasado como algo
puramente bueno.
Un tema realmente preocupante es la corrupción. Allí, como en el cuento de Borges,
estamos en un jardín donde los senderos se bifurcan, y bien podríamos analizar a las
distintas familias de pensadores para sacar conclusiones.
Tenemos a los Negadores: los fanáticos que niegan que en el pasado haya habido
corrupción, negociados, licitaciones amañadas, obras sin control o contrataciones
dirigidas. Sostienen que no hay pruebas de nada, que los jueces están todos
comprados y los medios resentidos porque se oponen a la movilidad social
ascendente.
Están los Romantizadores: los complacientes que justifican con frases hechas un
pasado corrupto que nos tiene atados de pies y manos. Apelan al “roban, pero hacen”,
“todos los gobiernos roban”, “la culpa es de los empresarios que corrompen”, o “las
coimas pasan, las obras quedan”, restándole trascendencia a algo que consideran
inherente al sistema.
Aparecen los Comparadores: los que plantean que, si bien pudo haber corrupción en
el pasado, este gobierno también presenta casos, por lo cual tienden a la igualación.
Obvian las diferencias de magnitud y de daño al tejido social; como para ellos todo es
igual, el antes y el ahora se vuelven un juego de suma cero.
Y finalmente los Racionales: una especie en extinción. No solo establecen una notoria
y abismal diferencia entre el pasado y el presente, sino que rechazan de cuajo la idea
del «roban, pero hacen» (porque los que roban no hacen lo que deberían hacer). Son
los que están preocupados de que las causas por corrupción se resuelvan en muchos
casos post mortem y que los condenados reciban tratamientos excepcionales, cuando
el daño que hicieron afectó a millones de personas y no equivale a arrebatarle el
celular a una señora a la salida del subte.
Suponer que la corrupción es patrimonio exclusivo de la obra pública es de un grado
de infantilismo inaceptable. Definamos, entonces, sus diferentes mecánicas:
Cuando hay sobreprecios: Lo que debería comprarse o contratarse a $10, se
lo paga $13.
Cuando hay diferencias cuantitativas: Se compran paquetes de fideos de
500 gr. pero contienen 450gr.; o se contrata un pavimento de hormigón de 15
cm de espesor, pero se ejecutan con sólo 12 cm”
Cuando hay diferencias cualitativas: Sucede cuando el producto o servicio
entregado no cubre los mínimos de calidad que fueron contratados.
¿Quién se queda con la diferencia?
Obviamente es un negocio a dos puntas; ganan de los dos lados del mostrador.
El que contrata se queda con una parte, y el proveedor o contratista —sabiendo que
con ese “canon” no tendrá competencia – se relaja.
Si compitiera de verdad, “a cara de perro”, cotizaría a un precio más ajustado; al
tener la tranquilidad de que eso no sucederá, infla el precio tranquilo. Total, no pasa
nada.
En el caso de las cantidades, el proveedor sabe que no será controlado porque ya
pagó por el servicio de descontrol.
Así, los 50 gramos menos del paquete de fideos o los 3 cm de hormigón que faltan
quedan como beneficio marginal.
La parte que se lleva el que no usa balanza ni cinta métrica ya va incluida en el precio.
Cuando se trata de calidades la situación es similar: el negocio “extra” consiste en
cambiar las proporciones de los componentes y después incluir en el precio la no
verificación.
Si ganan todos, ¿quién pierde?
En todos los casos, el que pierde es el que paga, porque siempre desembolsa más de
lo que debería y esa diferencia es la que debió utilizarse para hacer otras cosas, o
para contratar servicios de mejor calidad.
Entonces, cuando ves un hospital que se cae a pedazos, una calle que siempre se
rompe, unos desagües tapados que generan inundaciones, remedios que PAMI saca
del vademécum (haciendo desaparecer los descuentos del 100%), escuelas sin
estufas donde tus hijos tienen frío, oficinas públicas sin aire acondicionado o policías
con chalecos antibalas vencidos… podés dar por seguro que la diferencia entre lo
que es y lo que debería ser se lo llevó la corrupción.
Por otro lado, cuando veas a algunos con coches impresionantes, casas fastuosas en
barrios prohibitivos, comensales en restaurantes de cubiertos carísimos y que mandan
a sus hijos a universidades espectaculares, tomate el trabajo de averiguar si son
Gerentes Generales de alguna multinacional o si, simplemente, la hicieron por
izquierda.
El eslogan dice que “la corrupción mata”, pero también enferma, no cura, no te cuida,
te da una peor educación, te cobra con menores descuentos los remedios, te quita
trabajo y te hace viajar por peores rutas. Y la lista sigue.
CONCLUSIÓN
Cuando tengamos que volver a votar, prestemos atención a lo que tienen y a cómo lo
hicieron.
Hacé tu propia «ficha limpia» y agregale un ítem: Honestidad.
La corrupción no destruye un país de un día para otro. Lo vacía lentamente mientras
convence a millones que no había otra manera de vivir.
Recordemos las sabias palabras del filósofo contemporáneo gastronómico Don Luis
Barrionuevo, quien en 1990 manifestó para la posteridad que «en este país, nadie
hace la plata trabajando».
El paso del tiempo, lamentablemente, sólo le ha dado la razón.













