
Por Edmundo Fuster
La sociedad argentina – y quizás en distintos momentos históricos también la de
otros países – suele atravesar ciclos conflictivos, probablemente porque el petróleo
no está a diez metros de profundidad en casi toda la superficie nacional y eso, entre
otras cosas, nos convierte en un país pobre.
Esa pobreza estructural y los cantos de sirena populistas nos hacen vivir sueños que
pueden durar más o menos tiempo, pero que al despertar muchas veces dejan al
país al borde de la disolución.
Entonces aparece algo distinto. La promesa de sangre, sudor y lágrimas. El sacrificio
del presente para garantizar el bienestar futuro. Y mientras algunas variables
comienzan lentamente a ordenarse, las consecuencias empiezan a sentirse cada
vez más fuerte en LOS NOSOTROS, en la vida real, en la micro.
Nos cansamos. Recordamos que “con…” ciertas cosas no pasaban y corremos otra
vez a sacar un boleto para dar una vuelta más en la calesita argentina.
Y así seguimos.
Romper ese círculo vicioso parece el desafío eterno. Porque mientras la macro
intenta acomodarse, continúan acumulándose las capas geológicas de jubilados
pauperizados, trabajadores mal pagos, empleo precario, empleados públicos que
cobran miserias y, según la época, directamente falta de trabajo.
Los que llegan para “poner la casa en orden” suelen parecer más honestos —o al
menos más elegantes para el afano— mientras los otros parecen ver un quiosco en
cada ventana y un peaje en cada escritorio. Pero nadie mea agua bendita y la
sociedad ya aprendió a desconfiar de todos.
LOS NOSOTROS, la gente común, la que no entiende demasiado de REAL
POLITIK ni de sofisticadas estadísticas económicas, tiene su propio método para
medir la realidad: el bolsillo.
El indicador “POCKET” suele resultar mucho más confiable que cualquier IPC del
INDEC. Después de pagar servicios, cargar la SUBE y comprar lo indispensable,
queda lo que queda. Y si cada mes alcanza para menos, no hay demasiada teoría
económica que pueda revertir esa sensación.
Con ese cuadro social, resulta difícil entusiasmar a la gente explicándole que hubo
superávit comercial o que se eliminaron regulaciones inútiles que ya nadie utilizaba.
A LOS NOSOTROS tampoco les cambia demasiado la vida la pelea permanente en
redes sociales entre funcionarios, ni las internas palaciegas del poder.
Incluso muchas discusiones políticas parecen hoy desconectadas de las
preocupaciones reales de una sociedad que llega agotada a fin de mes.
La situación de la Senadora Bullrich, sus cuestionamientos internos y las tensiones
dentro del oficialismo quizás sean relevantes para el círculo político, pero para la
enorme mayoría de la gente el problema sigue siendo mucho más básico: llegar.
La gente de carne y hueso – esa que mira más noticias policiales que políticas – tiene
otras preocupaciones. Y da la sensación de que el gobierno no siempre logra
percibirlo.
Una cosa es entender la gravedad de la situación heredada y otra muy distinta es
responder con sorna o descalificación frente al malestar social, como si quienes se
quejan fueran simplemente incapaces de comprender el esfuerzo que se está
realizando.
Existe un sector históricamente fiel al peronismo en cualquiera de sus variantes que,
pase lo que pase, seguirá considerando negativo todo lo que haga este gobierno.
Eso forma parte de la realidad política argentina y probablemente ronde ese histórico
30 o 35%.
Pero hay otro sector.
Uno mucho más importante de lo que algunos creen.
Personas que votaron a Milei no por fanatismo ideológico sino por hartazgo. Gente
que creyó que había que intentar algo distinto. Sectores que podían aceptar
sacrificios si percibían honestidad, austeridad y empatía.
Y quizás ahí empiecen los problemas.
Porque hay una diferencia enorme entre aplicar un ajuste duro y transmitir la
sensación de indiferencia frente a quienes peor la están pasando.
Hay jubilados que no llegan. Profesionales que se caen del sistema. Docentes
universitarios, médicos, trabajadores informales y empleados públicos que sienten
que quedaron librados a su suerte.
Y muchos de ellos no tienen absolutamente nada que ver con el populismo.
Tampoco entienden la necesidad permanente de insultar al adversario, pelearse con
periodistas o transformar cada crítica en una conspiración.
Ese sector quizás tampoco logre comprender ciertas defensas cerradas frente a
hechos que, aun cuando eventualmente fueran legales, generan ruido, sospechas y
desgaste.
Porque mientras durante años el relato anti-casta funcionó con enorme eficacia,
empiezan a aparecer situaciones que erosionan ese discurso.
Ya no se trata solamente de “los otros”.
El caso $Libra, las compras cuestionadas en organismos públicos, las denuncias
sobre contrataciones, las sospechas sobre financiamiento político, los gastos con
tarjetas corporativas, las internas expuestas, las filtraciones de audios privados y
determinadas conductas defensivas empiezan a generar algo peligroso: decepción.
Y cuando aparece la decepción, la bronca cambia de forma.
Porque el problema para un gobierno no es solamente perder votantes opositores. El
verdadero problema comienza cuando empieza a desilusionar a quienes lo llevaron
al poder.
Muchos de esos votantes siguen creyendo que el kirchnerismo fue profundamente
dañino para el país. Pero eso no significa que estén dispuestos a justificar cualquier
cosa.
No comen vidrio.
Y quizás haya llegado el momento de revisar aquella frase que sostenía que una
candidatura de Mauricio Macri “le haría un favor al kirchnerismo”.
Porque tal vez, si determinadas actitudes continúan profundizándose, la candidatura
que termine haciéndole un favor al kirchnerismo sea la de Javier Milei.













