
Escribe: Edmundo Fuster
Matemáticas, aprendí el concepto de «ley»: una regla que siempre se cumple de la misma
manera, independientemente de los números que se utilicen.
Pasó medio siglo de aquel momento y debo reconocer que esa definición sigue siendo
inmutable y perenne.
Lo que nunca imaginé es que ese mismo concepto matemático se aplicaría a la política
actual con precisión quirúrgica. Aunque en este barro reciba otros nombres modus operandi,
línea argumental, hilo conductor, funciona igual. Es el patrón que buscan los detectives para
elaborar el perfil de un sospechoso y, eventualmente, encontrar al culpable.
Esta introducción viene a cuento de una ley inobjetable que se cumple en el gobierno actual
(y que, nobleza obliga, también arrastraban los anteriores): la propensión a dejar crecer los
conflictos internos de manera innecesaria.
Cuando el conflicto escala, los protagonistas desaparecen o son eyectados, pero otros
toman su lugar y el círculo poco virtuoso de la no resolución se reinicia.
Planteo esto desde la genuina preocupación y no desde la crítica militante o el enojo.
Tómese como un aviso para navegantes: esta sociedad no merece ser sometida a otro ciclo
de desgaste interno mientras intenta sostener un equilibrio económico y social que, por sí
solo, ya es extenuante.
En la familiar mesa navideña y en cualquier organización existen internas; es algo inherente
a la condición humana. El problema real aparece cuando dejan de resolverse y se
transforman en una demostración pública de debilidad.
Apretando los dientes, la ciudadanía puede tolerar ajustes, sacrificios y hasta errores de
gestión; lo que no tolera indefinidamente es la permanente sensación que nadie tiene
realmente el control.
La lista de situaciones latentes es tan larga que aburriría enunciarla, pero basta mirar el
ecosistema de nombres en permanente tensión: la Vice presidenta, Mauricio Macri, Adorni,
Santiago Caputo, Karina Milei, Martín Menem o Patricia Bullrich. Mucha gente valiosa ya dio
el portazo.
Nada fue intempestivo: a algunos se los impulsó a renunciar por cortocircuitos internos que,
lejos de solucionarse, reaparecieron intactos con los nuevos protagonistas. Cambian los
comensales, pero el menú se mantiene igual: una fonda de suburbio con un plato del día
monocorde y poco más.
Frente a esto, no alcanza con pegar cuatro gritos ni con amenazas tribuneras. Desde el «al
que no le gusta, se va» de Adorni hacia los ministros, hasta la dulce retórica de la diputada
Lilia Lemoine advirtiendo en el conflicto con Menem: «Si yo tuviera pene, estaría cagándome
a piñas”. Mucho biri-biri, pero en el casillero de las soluciones: cero.
Esto evidencia problemas que trascienden la gestión y entran en el terreno de los «egos». Un
psicólogo a la derecha, diría Raúl Alfonsín interrumpiendo su propio discurso.
Un diagnóstico de este mecanismo de gestión nos deja cuatro alarmas claras:
Parálisis por centralización: Un miedo recurrente a actuar que ralentiza la gestión.
Como todo debe ser auditado, controlado y explícitamente permitido, los ministerios
parecen más intervenirse que gestionarse.
La calesita de funcionarios: Sucesión de desplazamientos que no eliminan el
problema de fondo, generando cortocircuitos repetitivos y parálisis en las decisiones.
Farandulización del conflicto: La exposición pública de diferencias que deberían
resolverse puertas adentro. Se busca la exteriorización para forzar decisiones
mediáticas, convirtiendo la política en un show televisivo.
Anulación del pensamiento crítico: Una sensación de provisionalidad constante
dentro del propio oficialismo. El sentirse permanentemente observado, sabiendo que
disentir de la orden emitida (sea esta ejecutable o no) puede derivar en el
ostracismo, liquida el debate constructivo.
Este mecanismo de gestión trasciende y se vuelve evidente. La oposición lo capitaliza para
hablar de debilidad y falta de rumbo, mostrando una paradoja peligrosa: un gobierno que se
percibe fuerte e implacable para insultar a la prensa o a los opositores, pero débil e incapaz
para ordenar su propia tropa.
Entre la intolerancia para con los de afuera, a quienes se culpa de todo y el bozal de pensar
y decir impuesto a los de adentro, el apoyo social corre el riesgo de ir esmerilándose.
Tampoco suma el aporte inestable de los conversos de último momento, que suelen ser más
obsecuentes y tolerantes que los fanáticos de la primera hora.
En el cenit de esta parálisis asoma el caso del Jefe de Gabinete. Más allá de su culpabilidad
o inocencia en las disputas, la situación sin resolver actúa como una tapa gigante sobre
cualquier éxito de gestión. Es un poderoso aguarrás político: un diluyente que, en poco
tiempo, convierte en nada los hechos más trascendentes.
Es posible que la conflictividad social disminuya a medida que los logros económicos se
consoliden y sean percibidos de modo inobjetable por la sociedad.
Pero hasta que eso suceda, sería sano canalizar las diferencias por las vías institucionales
correspondientes, apagar el show mediático y mantener abiertas las puertas de un diálogo
fecundo.
Porque, aunque sea lamentable decirlo, en Argentina los conflictos políticos no se resuelven:
simplemente cambian de protagonistas. Se reemplazan los nombres en la marquesina, pero
las tensiones de la crisis permanecen intactas.
La ecuación es sencilla de definir, pero compleja de ejecutar. Si no terminamos nosotros con
los problemas, los problemas terminarán con nosotros.
Y eso, nos guste o no, es LEY.













