
En un solo verano se llevaron 3.500 vacunos, en pie, arréandolos, desde Rodeo (Iglesia) a Vallenar, en Chile, cruzando la Cordillera a más de 4000 metros sobre el nivel del mar.
Por el Dr. Hugo Guillermo Bosque
A mi amigo, Sebastián Mateos
En los días de Semana Santa de 1995, visité Rodeo con mi esposa y uno de mis hijos y, como tantas veces, fuimos a disfrutar de la cordialidad de Sebastián Mateos. Pero el destino quiso que esa visita se transformara en los últimos instantes de la vida de este amigo de trato cálido y espíritu batallador.
Aquella charla, imborrable, estuvo impregnada por los recuerdos de los grandes arreos a Chile, protagonizados por él a mediados de la década de 1940.
Al cabo de esas rememoranzas, el corazón de Sebastián se detuvo para siempre, y se quedó en la tierra y en los paisajes iglesianos que tanto amó.
Rescatar éste, su último testimonio, es el mejor homenaje que puedo tributarle.
H.G.B.
Fundación de Rodeo
Hace 15 años, vecinos de esta localidad, reunidos en una comisión que encabezaba Arnaldo del Rosario Silva, se impusieron a la tarea de averiguar la fecha de fundación y quienes lo hicieron de esta población. Requirieron a Diario de Cuyo la colaboración.
Ello me llevó a dar a conocer lo que sabía fruto de mi investigación profesional sobre los titulares originarios de los inmuebles del norte de la Provincia y lo hice por el mismo medio, en una nota que apareció días después.
Se transcribe a continuación el Acta Integra de la Fundación, que en su fecha, fue aceptada por esa Comisión, y se la tiene como la verdadera y así se la celebra por las autoridades. Sus fundadores fueron un hombre y una mujer, que esta no era común por esos entonces.
La influencia de la intervención de las mujeres en la zona, se ha mantenido en forma constante hasta el presente, quizás por influencia el nacimiento de este pueblo.
“MERCED DE SIMON MONTAÑO Y JUANA ALANIS.- Maestro de Campo don Juan de Echegaray, Justicia Mayor y Superintendente de los pueblos de la jurisprudencia de esta Villa de San José de Jáchal, por su Majestad, y en virtud de la facultad que me es conferida, por el señor Presidente y Gobernador y Capital General de este Reino de Chile, para dar y repartir tierras, y hago Merced en nombre de su Majestad a vos SIMON MONTAÑO y a vos JUANA ALANIS, de esta estancia nombrada “EL RODEO”, que tienda por la parte del Oriente, con e río que baja de Angualasto, y por el Poniente, con la Cruz del difunto Chepe a derecera de Asance o Ayan y por el Sur la Barranca de la Cañada y por el Norte la Loma de los Loros, el cual Puesto se entiende por Mitad entre ambos, el cual os doy libre de toda Posesión con sus pastos y aguas, entradas y salidas, usos y costumbres, cuantas y hay y debe haber de hechos y derechos y en señal de verdadera tradición los tomé de las manos y los entré en él y en nombre de su Magestad, les dí la posesión real, y actual Jure Domine belcuassi, en día claro y sereno, en señal de haberla aprehendido cortaron unas ramas de unos árboles que allí habían y dijo a los circunstantes: “SEÑORES SALGANSE DE MIS TIERRAS”, con lo que quedó aprehendida la posesión, que es fecha en VEINTICINCO DIAS DEL MES DE NOVIEMBRE DE MIS SETESCIENTOS CINCUENTA Y TRES años.por ante mí y testigos a falta de escribano público ni real y en esta papel común a falta de sellado de que doy fe.- Por mí y ante mí Juan de Echegaray.- Testigo: Francisco de Echegaray.- Testigo: Juan Ormeño.- Testigo: Julián Paez”.-
Para conocimiento y fines de educación se autoriza la reproducción total o parcial.
San Juan, con ganadería propia
No siempre nuestra provincia estuvo mayoritariamente dedicada al monocultivo de la vid. Desde la fundación de San Juan y hasta principios de este siglo, sus pobladores se alimentaban de lo que producían. San Juan era zona triguera, en la que numerosos molinos transformaban los granos en harina. Pero también fuimos una tierra ganadera.
Hasta hace cincuenta años, Calingasta, Iglesia, Jáchal y Valle Fértil entre los más alejados de la capital, tenían ganadería abundante. Ganado que era traído al centro urbano y que también se exportaba. Era una actividad fecunda, que venía de lejos, y de la que vivían muchos miles de comprovincianos.
Extensas áreas se dedicaban al pastoreo y a la cría de ganado, tanto de bovinos como de ovejas, que se contaba por millares. Esta pujanza fue la que hizo posible, hace sólo medio siglo, el último gran arreo de animales en pie a Chile.
En una sola temporada de verano, entre diciembre y marzo fueron llevadas desde Rodeo, en Iglesia, hasta la localidad chilena de Vallenar, 3.500 cabezas de ganado vacuno. Esta evocación hoy nos parece irreal, ya que esa cifra es superior a todo el ganado que suman los departamentos de Calingasta e Iglesia.
Este emprendimiento iba muy bien. Entre los que tenían participación directa en eta operación y los que colaboraban se contaban más de cien personas, mientras que en la Municipalidad había entonces sólo 21 empleados Eran otros tiempos.
Como lo bueno dura poco, meses después el Gobierno Nacional puso en plena vigencia una ley para favorecer a los ganaderos de la pampa, y prohibió la salida del país del ganado en pie. Este fue el último arreo de San Juan a Chile y el comienzo de la declinación de nuestro perfil ganadero.
Esta empresa fue gestada por emprendedores ganaderos de Rodeo, quienes fueron secundados por empeñosos, expertos y corajudos habitantes iglesianos.
La publicación de este relato es también un reconocimiento al esfuerzo y a la capacidad creadora de un conjunto de personas que actuó sin aguardar el tutelaje gubernamental que posteriormente sobrevino, el cual, claramente, tanto daño nos ha hecho.
H.G.B.
La gran empresa
Testimonio de Sebastián Mateos
“En 1940, con Ramón Varela, Miguel Flores y Oscar Varela formamos una sociedad para la cría de ganado, en Angualasto y Rodeo, y alfalfamos unas 1.000 hectáreas Por entonces se traía ganado a San Juan o se lo llevaba a Chile.
Para la exportación no había trabas. Rodeo tenía hasta una Oficina de Aduanas y existía una verdadera economía integrada con Chile. Hicimos buenos plantales y cinco años después nos llegaron compradores de ganado de Chile que pagaban casi el doble que acá. Además, el pago de nuestros compradores chilenos era garantizado por el Banco de la Nación Argentina y el Banco de Chile.
Solo había que cumplir con una condición. Los chilenos debían pagar acá, pero les teníamos que entregar la hacienda puesta allí, efectuándose con cargo a ellos el traslado. Y enfrentamos una tarea que ya otros antes habían hecho en pequeña escala.
Pero llevar muchas cabezas en el corto plazo de los tres meses del verano era lo más difícil, por eso había que prepararse bien.
Durante meses trabajamos duro. Primero había que herrar los animales, trajimos un herrero de Jáchal y planchuelas para herraduras de San Juan. Luego juntamos baqueanos, arrieros y peones, en lo posible jóvenes porque se trabaja sin descanso. Empezábamos al alba y hasta comíamos al lado de los corrales. Tuvimos que dar alojamiento a mucha gente. Además vinieron los verificadores de hacienda que controlaban el peso de los vacunos, que se vendieron al kilo pesado en Rodeo.
Hay que tener en cuenta que en el Rodeo de entonces no había luz eléctrica, ni teléfono y los desplazamientos eran a caballo”.
Herrando el ganado
“A los caballos y mulas se les colocan las herraduras estando parados. A los vacunos no. Hay que tirarlos al suelo. Para eso, hicimos un pozo cuadrado de cuatro metros por cuatro, por uno y medio de profundidad, con una entrada en declive. En la operación intervenían unas ocho personas en total.
Bajando el animal, se lo tumbaba y se colocaban frente a cada parte anterior y posterior, unas especies de arcos de fútbol de unos 1,20 de altura y en el travesaño, rápidamente se les ataban separadamente las patas y así, maniatados, empezaba la herrada. Todo el herraje duraba unos quince minutos.
A cuatro patas por animal, fueron 14.000 herraduras a colocar. Cada herradura lleva cuatro clavos por lo que colocábamos 112.000 clavos.
Empezábamos a herrar a las siete de la mañana, comíamos en el lugar y parábamos recién a la entrada del sol.
Al salir del pozo ya el animal herrado, dos empleados de la Compañía chilena compradora de los animales, les colocaban un número con pintura colorada que serviría para identificarlos hasta el final, lo mismo que para el control y verificación del vista de Aduana presente en el lugar.
Luego, se pasaba al animal a la balanza con un brete que teníamos allí, porque el trato consistía en cobrar el peso que el animal tenía en el lugar de partida, De allí, el vacuno quedaba en un potrero bien seguro, a la espera de la salida, en el que era alimentado con pasto verde traído en unos carros”.
La travesía
“A mediados de diciembre partió el primer lote. El primero y el último de esos lotes estuvieron a mi cargo. En cada uno íbamos diez o doce personas con 350 vacunos, ya que sólo era posible trasladarlos al otro lado de la cordillera en tandas.
Cada grupo, a su vez, era arreado en secciones de 60 a 70 animales que caminaban a dos kilómetros de distancia para evitar estampidas. No era una tarea simple.
Llevábamos comida para la travesía, cinco corderos carneados era nuestra provisión de carne, además de fideos, arroz, café. Y nuestros enseres, entre ellos los abrigos para la altura, todo transportado en un total de diez mulas cargueras. Era muy sacrificado subir a más de 4.000 metros de altura con los pesados animales, muy lentos en su andar.
Los últimos preparativos demandaban todo un día entero y salíamos a la noche en la que nos la pasábamos andando para llegar, al amanecer, al Chiguillo, la primera de las doce etapas del viaje Vallenar.
Hicimos otra etapa más de noche completa por no tener arroyos con agua para la hacienda.
Y también cruzamos de noche la cordillera frontal por el paso Los Helados, el límite a más de 4.000 metros de altura, hora en la que amainan los vientos del Oeste que allí son muy fuertes. Cuando salía ya el sol estábamos bajando.
En este paso, que era muy empinado, muchos animales se apunaban y teníamos que dejarlos descansar.
A mediodía ya habíamos descendido, y dos días después se llegó al río Huasco, cerca de Vallenar al fundo chileno que era nuestro lugar de entrega del ganado.
Allí hacíamos el control aduanero y podíamos permanecer en la zona con la sola autorización verbal de los carabineros. Ni un solo papel. El momento de la llegada era de gran alegría y aunque no nos conocíamos hicimos rápida amistad con los chilenos. Allí comprendí el valor de la amistad humana entre los pueblos. Sin declaraciones ni formulismos. Ellos eran tan buenos como nosotros y estábamos unidos en la cultura del trabajo y en la complementación de nuestras mutuas necesidades.
Al día siguiente de llegar carneábamos una vaquillona que especialmente llevábamos desde aquí. Repartíamos algo de carne en el lugar, y con el asado aparecían las guitarras.
En la jornada posterior partíamos de regreso y en seis días estábamos de vuelta en Rodeo. Al regreso del primer viaje, nos encontramos en los llanos de San Guillermo con otro arreo nuestro que iba hacia Chile. Nuestra riqueza y nuestra producción estaban en franca expansión.
Mientras aquí se herraba, baqueanos y arrieros subían las cordilleras llevando animales, al mismo tiempo que otros ya volvían. Así fue ese año. El que iba una vez quería volver enseguida. Más gustaba el viaje, sacrificado, pero más parecía aventura.
No fue una tarea simple. Se necesitó la experiencia y muy buenas condiciones físicas de los esforzados y corajudos hombres de Angualasto, Tudcum, de otros pueblos Iglesianos y principalmente de Rodeo.
Allí estuvieron, los Díaz, los Montaños, los Esquivel, entre otros. Algunos no muy jóvenes, otros casi niños, como Silenio Silva, entonces estudiante en la Escuela de Minas, que controlaba con papeles en mano, pesada y elementos para cada viaje y que incluso fue también en el último viaje.
Fue un trabajo excelente”.













