
Hay ejecutivos que hablan con periodistas sin saber que están siendo entrevistados. Hay directores que aparecen en cámaras sin preparar ni una sola respuesta. Hay profesionales que representan a sus organizaciones en eventos, paneles o redes sociales sin haber pensado una sola vez en clave institucional.
No son casos excepcionales. Son la regla.
En la mayoría de las organizaciones, la formación en vocería llega tarde o no llega. Se contrata un media training cuando ya hubo un problema, no antes. Se trabaja la comunicación en crisis cuando la crisis ya está instalada. Se ensaya el mensaje cuando el micrófono ya está encendido.
Un vocero no es solo alguien que sabe hablar bien. Es alguien que entiende qué representa, ante quién habla, cuál es el contexto de esa conversación y qué consecuencias tiene lo que dice. Ese entendimiento no es intuitivo. Se construye.
La diferencia entre un directivo que comunica bien y uno que comunica mal no siempre está en la información que maneja ni en el cargo que ocupa. Está en si alguna vez alguien le enseñó a pensar su discurso antes de pronunciarlo.
Hablar en nombre de una organización es un ejercicio de representación. No alcanza con tener autoridad para hacerlo. Hace falta saber cómo.













