

Tras más de 20 años de trayectoria en el mercado nacional, la emblemática fábrica de galletitas Tía Maruca anunció el cierre definitivo de su planta principal ubicada en Albardón, provincia de San Juan. La decisión marca el fin de una empresa que supo posicionarse como competidora directa de grandes multinacionales del sector alimenticio.
La planta, inaugurada el 23 de marzo de 2004 durante la gobernación provincial de José Luis Gioja y bajo la presidencia de Néstor Kirchner, fue durante años un símbolo del desarrollo industrial sanjuanino. Desde allí, la firma consolidó su crecimiento y expansión a nivel nacional, convirtiéndose en un motor económico clave para la comunidad local.

Sin embargo, el deterioro del contexto económico terminó por afectar de manera decisiva la continuidad de la empresa. La caída del consumo interno, el aumento sostenido de los costos de insumos básicos como la harina y el azúcar, y la imposibilidad de acceder a financiamiento accesible impactaron de lleno en la rentabilidad. A esto se sumó la presión impositiva y la creciente competencia de segundas marcas más económicas.
La utilización de la capacidad instalada en la industria descendió al 52% a comienzos de 2026. Para una planta de gran escala como la de Albardón, operar a la mitad de su capacidad implicó un incremento significativo en los costos unitarios, volviendo sus productos poco competitivos frente a opciones más económicas o de producción informal.
La situación financiera de la firma también se agravó por la acumulación de pasivos en los últimos dos años, lo que terminó por volver inviable la continuidad operativa. Los intentos de reestructuración no lograron revertir el cuadro general.
El impacto social del cierre no tardó en sentirse. Decenas de trabajadores fueron despedidos de manera repentina mediante telegramas, sin previo aviso, lo que generó malestar y movilizaciones en las puertas de la fábrica. Los empleados reclaman por la continuidad laboral y cuestionan las propuestas de indemnización, que —según denuncian— no se ajustan a lo establecido por la ley.
El conflicto, que ya se encuentra en instancias legales, mantiene en vilo a las familias afectadas, mientras el gremio de la alimentación negocia con la empresa en busca de una resolución.
Tía Maruca había nacido en 1998 como un emprendimiento familiar orientado a ofrecer galletitas con impronta artesanal a escala industrial. Gracias a una estrategia centrada en el sabor casero y la cercanía con el consumidor, logró rápidamente posicionarse en almacenes y supermercados de todo el país.
Su expansión alcanzó un punto clave en 2017, cuando adquirió la planta de Dilexis en San Juan, lo que le permitió ampliar significativamente su capacidad productiva e incluso exportar a países vecinos. Sin embargo, ese crecimiento acelerado también la expuso a las recurrentes crisis económicas argentinas, que finalmente precipitaron su cierre.
El fin de Tía Maruca no solo representa la desaparición de una marca reconocida, sino también un nuevo golpe para la industria nacional y el entramado productivo regional.
















