
Escribe Edmundo Fuster
«Hay acontecimientos que logran concentrar durante unos días la atención de millones de personas. Mientras eso ocurre, la dirigencia suele aprovechar ese tiempo para seguir discutiendo sus propios asuntos, muchas veces alejados de las preocupaciones cotidianas de la mayoría.»
En forma paralela, el Gobierno, los gobernadores y la oposición, además de disfrutar de la Selección, están muy ocupados en sus propios asuntos, en su mundo, en su burbuja, en su caja de cristal. Unos preocupados por sus reelecciones; otros, tratando de preparar el mejor escenario posible para 2027.
Da igual de qué partido político sean. Oficialistas, opositores simulados, opositores que quieren seguir con CFK o jubilarla. Todos parecen vivir en su propio mundo.
Y entonces cabe preguntarse: ¿y la gente? La gente. El pueblo. LOS NOSOTROS. Los vemos entrando al velorio de la actualidad con pitos, matracas, papel picado y serpentinas.
La reforma política, la eliminación o suspensión de las PASO, no apunta a reducir el gasto para equipar una salita del interior o agregar una moneda más a los jubilados. Apunta, simplemente, a resolver un problema de ellos mismos.
Si se sacan o se quedan. Eso es todo.
Algunos dicen: «Yo te acompaño», y les ordenan a sus legisladores que también acompañen, a cambio de que no molesten con su propia reelección, que no les pongan un candidato taquillero enfrente o que no lo financien demasiado. Todo puede formar parte de la negociación.
También puede entrar en el paquete el compromiso de construir el puente sobre el río Trulalá, cuyos fondos previstos en los presupuestos de los últimos años terminaron gastándose en ositos de peluche para el Día del Niño y algunos caramelos, porque total, a los chicos les gustan las golosinas y con eso alcanza.
La discusión no pasa por un proyecto político. Pasa por el quantum. El que negocia puede decir que sí, ad referéndum de que alguien certifique y de que otro meta la mano en el bolsillo para que la tarasca fluya. Pero que fluya.
Es triste, pero no se trata de una cuestión ideológica. No se discute un proyecto integrador. Todo pasa por la rosca, la transa. Algunos quieren negociar en bloque; otros prefieren el mano a mano. ¿Es una diferencia de gestión? No. Es simplemente que las fuerzas de unos y otros son distintas y, por lo tanto, también lo son sus formas de negociar.
¿Y la gente? Ese tema parece no interesarle a nadie.
La justicia social, la movilidad social ascendente, la lucha contra el analfabetismo, el fortalecimiento institucional, la casta, el equipamiento hospitalario, el problema habitacional… todo eso termina siendo jueguito para la tribuna, pan duro para la gilada.
¿Qué hay que hacer con la casta? Muy sencillo: arreglar lo más rápido posible y al menor costo posible, porque los muchachos del otro club hablan con los mismos interlocutores y, en este remate, el cocodrilo que no se apura en arreglar termina siendo cartera.
Hay otro tema que al Gobierno le interesa mucho: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Un asunto que no despierta el más mínimo interés en la gente de a pie, partiendo del supuesto de que las modificaciones hechas hoy con fórceps pueden convertirse en papel mojado cuando cambie el gobierno, sea cuando sea.
Tanta insistencia… como si una ley no pudiera derogar otra ley. El divorcio entre la política y la gente parece abismal, y muchas veces lo interpretamos de esa manera. Sin embargo, convendría preguntarse si realmente es así o si existe otra explicación.
Esa alternativa aparece cuando alguien de a pie, de la mano de quien lo promovió, ingresa al mundo de la casta, cualquiera sea. A la velocidad de la luz se adapta. Cambian sus intereses, sus emociones y sus prioridades de un modo que resulta difícil de comprender para el resto de la sociedad.
El que no se adapta, el que no entiende las reglas del juego, el que no aprende los códigos, sufre el frío polar sin estufa e inexorablemente vuelve al llano, al ostracismo, a quejarse de los privilegios de la casta, como si nunca hubiera formado parte de ella.
Sólo así puede entenderse que, mientras los jubilados reciben apenas una cuarta parte de lo necesario para vivir, arrecien los comentarios —obviamente interesados— acerca de que para determinados niveles de funcionarios hubo, como en los mejores tiempos, sobres provenientes de algún organismo que maneja fondos reservados.
Hay que entender que los sueldos en el Estado son muy bajos y no queda tiempo para andar haciendo changuitas los fines de semana.
Mientras algunos empleados públicos reciben parte de su sueldo sin realizar los aportes que marca la ley, el Gobierno eliminó los subsidios que el Estado pagaba a las empresas de micros de larga distancia por los pasajes gratuitos destinados a personas con discapacidad, trasplantados y pacientes oncológicos.
Sin embargo, la gratuidad del pasaje continúa siendo un derecho vigente y las empresas siguen obligadas por ley a emitir esos boletos sin cargo. Eso significa que el costo terminará incorporándose al precio general del servicio. ¿O acaso algún iluminado pensó que serían las empresas las que absorberían el gasto de puros buenas que son?
Aunque cueste decirlo y no resulte políticamente correcto, conviene blanquear que los Reyes Magos son los padres y que los empresarios podrán apoyar al Gobierno, pero con la de ellos no se juega.
La inflación baja. El riesgo país baja. Pero el poder de compra, en lugar de recuperarse, continúa deteriorándose. Millones de personas salen estadísticamente de la pobreza extrema mientras cada vez hay más gente durmiendo en las calles. Basta recorrer cualquier barrio para comprobarlo.
Se utilizan fondos públicos para viajes al exterior en jets privados con el objetivo de recibir premios o participar de encuentros partidarios, tanto desde el Ejecutivo nacional como desde algunos gobiernos provinciales.
Al mismo tiempo, mientras los salarios permanecen congelados por paritarias que no alcanzan a recomponer el poder adquisitivo, en empresas como YPF algunos directores perciben remuneraciones propias del Primer Mundo, sencillamente escandalosas.
Mientras tanto, se exaltan permanentemente las virtudes de la libertad, pero los legisladores nacionales del partido gobernante ni siquiera tienen libertad para presentar un proyecto sin la autorización previa del Poder Ejecutivo. Algo que, al menos con semejante naturalidad, nunca habíamos visto.
Los ejemplos podrían multiplicarse tanto como el malestar que hoy se percibe en la calle.
También resulta evidente que ese descontento no logra ser capitalizado por el principal partido de la oposición porque, según parece, la provincia de Buenos Aires dista mucho de parecerse a un cantón suizo.
Quizás el verdadero secreto de este divorcio entre el Poder y la gente —no sólo entre los políticos, sino entre el poder en sentido amplio— sea que viven una realidad paralela.
Habitan un mundo que sobrevuela el de la mayoría de la sociedad. Sus preocupaciones son de permanencia. Las nuestras, de supervivencia. Ellos proyectan a veinte años. Muchos argentinos apenas logran proyectar hasta el día veinte de cada mes. Después vendrán los fideos con aceite…y, con suerte, también con queso rallado.
El humo de las chimeneas no contamina el aire que ellos respiran. Les preocupa el Protocolo de Kioto si la inversión sale del bolsillo propio. A nosotros nos preocupa que se cumpla, porque es en este sub planeta donde vivimos LOS NOSOTROS.
En ese otro mundo, las leyes parecen funcionar de manera diferente o, al menos, las posibilidades de adaptarlas a las propias necesidades son infinitamente mayores.
Siempre aparece una ventana desde la cual aspirar la tarasca necesaria para seguir viviendo como príncipes, mientras, de tanto succionar, consiguen que muchos terminen viviendo como mendigos.
¿Son los que hoy están en el poder los únicos responsables de semejante desigualdad? No. Esto viene de mucho antes. Nos fuimos acostumbrando. Naturalizamos escuelas sin vidrios, hospitales sin alcohol, turnos imposibles de conseguir, trámites absurdos, inseguridad creciente, tasas que en realidad son impuestos.
Y como todo ocurrió de a poco, y siempre la culpa era del otro, terminamos aceptándolo. La degradación de la democracia no se produce de un día para otro ni por decreto. Se construye lentamente. Todos los días.
Pero mejor no pensar demasiado en eso, total mañana habrá otro tema que ocupe todos los titulares. Lo preocupante es que, mientras cambian las noticias, los dos mundos siguen sin encontrarse.













