
A tres años de las elecciones ejecutivas, La Cámpora desembarcó en la provincia para apuntalar a Florencia López. Lejos de esquivar el bulto, el gobernador recibió a los enviados de Cristina Kirchner, pidió «dejar atrás las diferencias» y lanzó un fuerte llamado para construir una alternativa nacional contra el modelo de Javier Milei. Los mensajes cifrados y el sugestivo reencuentro de la vieja guardia.
En el peronismo, la tensión territorial suele ser el paso previo a la negociación. La Rioja se ha convertido en las últimas horas en el principal laboratorio político de la reconfiguración del Partido Justicialista a nivel nacional. Atravesada por la recesión económica y la motosierra de Javier Milei, la provincia expuso a cielo abierto las secuelas de la reciente interna partidaria, pero también mostró los primeros gestos de un pragmatismo urgente: o se unen frente a la crisis, o el experimento libertario los devora por separado.
Lo que comenzó como un desembarco del kirchnerismo duro para marcar la cancha en el territorio, terminó decantando en una cumbre de alto nivel donde cada facción movió sus piezas pensando en el armado del 2026 y, sobre todo, en la carrera hacia 2027.
El «Operativo 2027» y el desembarco camporista
La senadora nacional Florencia López decidió no perder tiempo y levantó sin disimulos las banderas del Instituto Patria en el norte del país. En una contundente demostración de fuerza territorial y buscando posicionarse para la sucesión provincial, orquestó la llegada de Eduardo «Wado» de Pedro y Mariano Recalde, dos de las espadas más leales a Cristina Fernández de Kirchner.
Los delegados de La Cámpora desplegaron una agenda intensa: desembarcaron en la CGT local ante más de 60 gremios, denunciaron la pérdida de 14.000 empleos y la quiebra de más de 300 fábricas en la provincia a causa del ajuste, y sellaron una postal con la cúpula eclesiástica local, reuniéndose con el obispo Dante Braida. Un armado clásico para aglutinar a los sectores golpeados por el modelo económico.
El giro de Quintela: cumbre, tregua y proyección nacional
Frente a lo que muchos leían como una «mojada de oreja» territorial y tras un evidente vacío de los alfiles provinciales en las primeras recorridas, Ricardo Quintela apeló al manual del líder peronista: absorbió el golpe, abrió las puertas de la Casa de Gobierno y transformó la visita camporista en una plataforma para su propia proyección nacional.
El gobernador recibió a Wado de Pedro, Mariano Recalde y a los senadores locales Florencia López y Fernando Rejal. Lejos de los rencores que dejó la disputa por la presidencia del PJ nacional, Quintela tendió un puente: «Es importante mantener el diálogo, dejar atrás las diferencias coyunturales y fortalecer las coincidencias», expresó, enviando un mensaje directo de tregua hacia el cristinismo.
Pero el mandatario riojano no se quedó en la foto de cortesía. Horas después, y tras reunir a sus propios legisladores, subió el tono y se calzó el traje de armador federal. Apuntó al corazón del programa económico libertario —denunciando que el ajuste se traduce en «menos producción y un deterioro constante en la calidad de vida»— y lanzó un desafío de alcance nacional: «Es tiempo de construir una alternativa nacional (…) para ponerle un límite a este experimento que tanto daño genera». Con esta jugada, Quintela demuestra que no está dispuesto a ser un mero espectador de la interna, sino que busca liderar la convocatoria a todos los sectores afectados por el gobierno de Milei.
La resistencia desde el territorio: «Hay otro camino»
Mientras el gobernador tejía por arriba, su armado territorial marcaba los contrastes por abajo. Su principal alfil político y jefe comunal de la capital, Armando Molina, salió a confrontar enarbolando el federalismo y la gestión.
Molina lanzó una dura condena al Gobierno nacional por la polémica salida de Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS), acusando a la gestión de Milei de atentar contra la soberanía sanitaria. Bajo la consigna «Hay OTRO camino», el quintelismo busca demostrar que puede encarnar una oposición frontal y de gestión, anunciando convenios universitarios para trabajadores municipales en pleno ajuste del Estado nacional.
El factor histórico: una cumbre «picante»
Como si el escenario no estuviera lo suficientemente caldeado, la vieja guardia del peronismo riojano también movió sus fichas. El histórico ex gobernador Luis Beder Herrera y el actual ministro de Vivienda, Ariel Puy Soria, protagonizaron un extenso almuerzo que sacudió el avispero.
Tras años de asperezas, los dirigentes saldaron cuentas y analizaron el complejo panorama nacional, trazando un paralelismo directo con la forma en que gestionaron la crisis de 2002. La foto que dejaron trascender fue una metáfora visual perfecta para el círculo rojo: ambos posaron observando una planta de ajíes en la huerta del ministro. El mensaje fue claro: la rosca que se viene será «picante» y los históricos no piensan quedarse afuera del armado.
El laboratorio peronista
Lo que ocurre hoy en La Rioja trasciende sus fronteras. Refleja la dinámica actual del peronismo: un kirchnerismo que apuntala a sus figuras legislativas para no perder peso en el interior, y gobernadores que, como Quintela, exigen una renovación federal, plantean la necesidad de «dejar atrás diferencias coyunturales» y se ofrecen como la cabeza de una nueva alternativa nacional.
El camino hacia 2027 acaba de comenzar, y La Rioja ya encendió los motores de un peronismo que, presionado por la crisis, empieza a ensayar su tan ansiada unidad.
















