Guillermo “Cacho” Flores: El médico sanjuanino que recorrió el mundo para encontrarse a sí mismo

Desde su infancia en San Juan y sus días como monaguillo hasta sus años de trabajo sanitario en África, su obra “Km 23” narra los viajes y anécdotas de quien recorrió Latinoamérica en motocicleta y vivió de cerca el peligro para contarlo.

Recorrió casi 5 mil kilómetros hace más de tres décadas para unir San Juan con Guayana; 7,5 meses fue el tiempo que invirtió en completar la travesía en su Puma 98 CC. 45 países de tres continentes (América, Europa y África) han sido visitados por Guillermo “Cacho” Flores a lo largo de sus 72 años y vive para contarlo.

Su libro “Km 23” está basado en hechos reales que experimentó: no hay nada inventado. Además hay un componente filosófico en el relato de estos hechos. Las innumerables historias y aventuras que el médico sanjuanino vivió quedaron registradas en el libro.

La obra fue presentada tiempo atrás en el Museo de la Memoria Urbana, con el auspicio de la Sociedad Argentina de Letras (SADE), cuyos representantes destacaron el valor narrativo de la publicación. El nombre del libro responde al número del día de su nacimiento y a que en una de sus motos, la sumatoria de todos los números da 23.

Pasó por diferentes escuelas desde la primaria hasta terminar el secundario. A los 16 años fue su primer viaje a Chile. En julio de 1969, aún con la alegría de la moto Mi-Val 48 cc que su padre le había regalado meses antes, Cacho viajó a Córdoba en el primer tramo y llegó hasta Paraguay.

Ya en 1978, tras pasar por varias facultades de medicina en Rosario, Córdoba, Mendoza, La Plata y Buenos Aires, Flores se propuso dar respuesta al interrogante que le acompañaba desde que leyó Papillón, la novela autobiográfica del francés Henri Charrière: ¿Es verdad que existe la cárcel en la que estuvo preso el galo en Guayana Francesa?

Con 100 pesos y la ropa que vestía en ese momento, se largó a la aventura. A bordo de su moto de 48 cc, Cacho fue cotejando diferentes postales de la geografía continental al tiempo que su excursión iba avanzando. Todo rodó sobre rueda -nunca mejor dicho- hasta que llegó a la frontera entre Perú y Ecuador.

Por seguridad, compró en su ingreso al país incaico un revólver calibre 38, pero él no sabía que con esa arma habían asesinado a un policía. Pasó tres meses preso en Lima.

El de Perú fue el primero y el único de los siete capítulos carcelarios que protagonizó Cacho en el que supo por qué lo detenían. En los cuatro de España –Córdoba, Jaén, Carabanchel y Cáceres- en 1980, el de Inglaterra (’80) y el de Bolivia (84’) desconoce los motivos de sus reclusiones.

En su viaje a Europa, tras sortear como pudo sus percances judiciales, cuando le invadió la necesidad de inmiscuirse en la vida de África.
Un ferry unió el puerto de Algeciras (España) con el de Marruecos, abriéndose ante él un mundo completamente desconocido. Lo caminó, lo disfrutó –y padeció- de la mejor manera posible y se prometió volver recibido de médico para ayudar.

Y lo cumplió a comienzos de los ’90, pero al no poder desarrollar sus funciones como él quería (su intención era prestar sus servicios en aldeas necesitadas) se pegó la vuelta con sentimientos encontrados: se había dado el gusto de cumplir su palabra.

En 1982, esta vez montado en una Puma 98CC -modelo 60- Cacho volvió a viajar a Guayana. Caminos argentinos y brasileños se fueron sucediendo por el retrovisor, que invertía 12 horas diarias, circulando a 30 kilómetros, para acercarse a su objetivo.
La parte jugosa de este recorrido fue el que desarrolló en el Amazonas, donde le tocó transitar 700 kilómetros, sumando vías terrestres y acuáticas, en solitario.
Sobrevivió a la presencia de gatos onzas – un felino parecido a la chita – que lo sorprendieron una mañana al despertar al costado de la huella por la que circulaba.

El último tramo hacia Guayana lo hizo en un barco, pero tratándose de nuestro protagonista, obviamente, no fue en uno cualquiera. Se subió, invitado por el capitán, a una nave que llevaba de contrabando cacao.

Al cruzar la desembocadura brasileña del Atlántico, ya enfilando para Cayena –la isla de la Guayana Francesa donde Flores encontraría la respuesta que buscaba-, se rompió una pieza del motor del barco y les obligó a continuar la travesía impulsados por el viento. Los días fueron pasando y el agua proporcionalmente escaseando. Hasta que por fin divisaron la costa insular.

“La cárcel donde estuvo Henri Charrière existe, pero no se llama como sale en la película. También existe el hospital que comunica por un pasadizo con el presidio, que cerraron en 1947 y que después lo transformaron en un museo”. Como médico prestó servicios en diferentes latitudes argentinas y de llamativas maneras –fue noticia por cobrar un peso la consulta en los ’90- hasta que colgó el estetoscopio hace 2 años. “Yo no lo puedo creer, toda mi vida es una ficción hecha realidad”, afirmó Cacho.

Vendió helados en las calles de Córdoba y caramelos de Bonafide en Mendoza. Enceró pisos de parquet en Buenos Aires. Lavó platos en Frankfurt, fue ayudante de mozo en Miami Beach, descargador de camiones en Madrid. Escribió cartas de amor por encargo y fue astrólogo, quiromántico y aguatero en un prostíbulo de la Guayana francesa.

Lavó y lustró coches en la Plaza 25 de Mayo de San Juan, fue sereno de una bodega y limpió pisos en un autoservicio. Y terminó recibiéndose en tres años de médico cuando estaba por cumplir 40 años y trabajó sólo cuando necesitaba algo de dinero.